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Lo que se repite en tus vínculos no es casualidad

  • Foto del escritor: Consuelo Carvacho
    Consuelo Carvacho
  • 4 ago
  • 4 min de lectura

Hay una frase que escucho en distintas versiones, aplicada a distintos vínculos: "siempre me pasa lo mismo". A veces es con parejas, otras con amigos, otras con jefes o compañeros de trabajo. La forma cambia — el tipo de conflicto, la persona, el contexto — pero la estructura se repite con una fidelidad que sorprende a quien la vive.

La tentación, frente a esto, es buscar una explicación que cierre el tema rápido: "elijo mal", "atraigo siempre el mismo tipo de gente", "tengo mala suerte con los vínculos". Son frases que suenan a diagnóstico, pero que en realidad dicen poco. Explican el fenómeno sin preguntarse por qué se sostiene.

Lo que se repite en un vínculo casi nunca es azar. Cumple una función, aunque esa función no sea evidente ni agradable de reconocer. A veces evita algo más difícil de mirar — un conflicto propio, una decisión pendiente, una parte de la propia historia que ese tipo de vínculo mantiene a distancia. A veces sostiene una idea antigua sobre lo que uno merece o lo que es posible esperar de otro.

Esto no aplica solo a las relaciones de pareja. Se repite también en amistades que siempre terminan de la misma forma, en vínculos laborales donde uno vuelve a ocupar el mismo lugar aunque cambie de trabajo, en relaciones familiares que parecen reeditarse con otras personas años después. El común denominador no es la otra persona. Es la posición que uno ocupa, una y otra vez, frente a distintos otros.

Reconocer esto puede generar alivio o puede generar más angustia, dependiendo de cómo se lo mire. Alivio, porque deja de ser "mala suerte" y empieza a ser algo sobre lo que se puede pensar. Angustia, porque implica correr la mirada de la otra persona —el amigo que decepcionó, la pareja que se fue, el jefe injusto— hacia la propia participación en el patrón, lo cual es bastante más incómodo que quedarse en el reclamo.

No se trata de culpabilizarse. La pregunta no es "qué hice mal", que es una pregunta moral y generalmente estéril. La pregunta más útil, aunque más lenta de responder, es qué es exactamente lo que ese tipo de vínculo permite no tener que enfrentar. A veces la respuesta tiene que ver con la propia historia de apego. A veces con una idea muy temprana sobre lo que se puede o no esperar de otro sin decepcionarse.

Tampoco hay una lista de pasos para dejar de repetir un patrón relacional. Cualquier fórmula que prometa eso —"así identificas y cortas tus patrones tóxicos en cinco pasos"— simplifica algo que, en la experiencia clínica, rara vez es simple. Lo que sí ayuda es sostener la pregunta con paciencia, en vez de resolverla con la primera explicación que alivia el malestar del momento.

Un lugar especialmente fértil para observar estos patrones es la relación con la propia familia de origen. Muchas personas notan que, ya de adultas, siguen ocupando en reuniones familiares el mismo lugar que ocupaban de niñas — la mediadora de conflictos, la que nunca pide nada, la que siempre tiene que ceder. Ese lugar se volvió tan familiar que cuesta reconocer que ya no es una obligación, sino una posición que se sigue eligiendo, aunque sea sin darse cuenta.

En las amistades, el patrón puede tomar otra forma: vínculos que se sostienen mucho tiempo en un desequilibrio —siempre la misma persona pregunta cómo está la otra, siempre la misma cede en los planes— hasta que se rompen o se desgastan, y luego se repiten con otra amistad, casi calcados. Reconocer esto no implica desconfiar de todo vínculo nuevo, sino preguntarse con honestidad qué lugar se tiende a ocupar de entrada, casi automáticamente, en cualquier relación.

En el trabajo, el patrón también aparece con frecuencia: personas que cambian de empleo esperando un ambiente distinto y terminan, al cabo de un tiempo, en una dinámica muy parecida a la anterior — el mismo tipo de jefe exigente, la misma sensación de no ser reconocida, la misma dificultad para poner un límite ante una sobrecarga de tareas. El escenario cambia, pero algo de la propia posición frente a la autoridad o frente al reconocimiento se mantiene.

Vale la pena aclarar que reconocer un patrón no significa que uno sea completamente responsable de todo lo que ocurrió en cada vínculo — hay otra persona involucrada, con su propia historia y sus propias decisiones. Pero sí hay una parte, la propia, que vale la pena mirar con honestidad, no para cargar con una culpa desproporcionada, sino para entender qué se sigue eligiendo, muchas veces sin darse cuenta.

Los vínculos, además, no se repiten exactamente igual cada vez; suelen tener variaciones que, miradas de cerca, dicen bastante. Quizás el tipo de conflicto es el mismo, pero la intensidad baja con el tiempo. O la dinámica se repite, pero esta vez la persona logra nombrarla mientras ocurre, en vez de solo reconocerla después. Esas variaciones pequeñas, aunque no resuelvan el patrón de una vez, suelen ser la señal de que algo sí se está moviendo.

La próxima vez que sientas que "siempre te pasa lo mismo" con la gente, antes de buscar quién tuvo la culpa esta vez, prueba preguntarte otra cosa: ¿qué es lo que este tipo de vínculo, una y otra vez, te permite no tener que mirar de ti?



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Consuelo Carvacho Köstner · Psicóloga Clínica, U. Diego Portales (título homologado en España) · Orientación psicoanalítica lacaniana · SIS N° 193876
© 2026 Consuelo Carvacho Köstner · consuelocarvacho.com · Todos los derechos reservados

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