Cuando la vida vuelve a acelerarse: la maternidad en tiempos de la productividad
- Consuelo Carvacho
- hace 4 días
- 3 min de lectura
Hay algo que muchas madres experimentan, pero que pocas veces se dice en voz alta.
Durante los primeros meses de vida de un bebé, el mundo parece detenerse. Las horas se organizan alrededor de sus necesidades, del contacto, de las miradas, de aprender a conocer a ese otro que acaba de llegar.
Aunque el cansancio sea inmenso, también puede aparecer una sensación de presencia difícil de describir. Como si, por un momento, todo lo demás hubiera perdido importancia.
Sin embargo, esa pausa rara vez dura para siempre.
Poco a poco comienza el regreso a la vida cotidiana. Vuelve el trabajo, aparecen los pendientes, los mensajes sin responder, las cuentas, las tareas domésticas, las expectativas familiares y la sensación de que debemos ser productivas nuevamente.
Y, casi sin darnos cuenta, nuestra atención empieza a dividirse.
No dejamos de amar a nuestros hijos.
Pero dejamos de estar tan disponibles para encontrarnos con ellos.
La modernidad nos exige sostener múltiples roles al mismo tiempo. Se espera que trabajemos, produzcamos, nos mantengamos informadas, respondamos rápidamente, estemos presentes en redes sociales, cuidemos la pareja, la casa y, además, ejerzamos una maternidad consciente y disponible.
Es una exigencia difícil de sostener.
Vivimos en una cultura que valora la velocidad. Todo parece necesitar una respuesta inmediata. Incluso cuando estamos jugando con nuestros hijos, es frecuente que una notificación interrumpa ese momento. Revisamos el teléfono "solo un segundo", respondemos un correo rápido o pensamos en la lista de tareas que aún falta completar.
El cuerpo está allí.
Pero la mente ya está en otra parte.
Y los niños suelen percibir esa diferencia.
No necesitan que estemos disponibles las veinticuatro horas del día. Tampoco necesitan madres perfectas. Pero sí se benefician de momentos en los que realmente podamos encontrarnos con ellos, sin que nuestra atención esté permanentemente fragmentada.
Desde el psicoanálisis, el encuentro con un hijo no depende únicamente de compartir tiempo. También implica una disponibilidad subjetiva: poder estar allí, dejando por un momento en suspenso las múltiples demandas que ocupan nuestra mente.
Esto no significa renunciar al trabajo, a los proyectos personales o al deseo propio.
La maternidad no debería implicar desaparecer como mujer.
Pero quizás sí invita a preguntarnos qué lugar le estamos dando al encuentro en una época donde todo parece competir por nuestra atención.
Muchas madres sienten culpa cuando descubren que ya no logran conectar con la misma facilidad que al comienzo. Sin embargo, la culpa rara vez ayuda a construir algo diferente.
Tal vez sea más valioso preguntarse qué está ocupando hoy nuestra disponibilidad.
¿Cuánto de nuestra atención está capturada por las exigencias externas?
¿Cuánto espacio queda para mirar a nuestros hijos sin estar pensando, al mismo tiempo, en todo lo que falta por hacer?
No se trata de estar presentes todo el tiempo.
Se trata de recuperar pequeños momentos de presencia verdadera.
Porque, muchas veces, el vínculo no se fortalece haciendo más cosas con nuestros hijos, sino pudiendo estar con ellos de una manera distinta.
En una época donde la productividad parece convertirse en una medida de nuestro valor, quizás uno de los actos más significativos sea permitirnos detenernos unos minutos para mirar, escuchar y encontrarnos con quienes más queremos.
No porque exista una forma perfecta de maternar.
Sino porque los vínculos también necesitan tiempo, atención y presencia para seguir construyéndose.
Y tú, ¿alguna vez has sentido que las exigencias de la vida cotidiana han ocupado el espacio que antes estaba disponible para encontrarte con tu hijo o hija?



Comentarios