Maternidad: la exigencia de ser la madre perfecta y lo que rara vez se pregunta
- Consuelo Carvacho
- 6 ago
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Hay un mandato silencioso que acompaña a la maternidad en esta época: el de hacerlo todo bien, sentirte bien todo el tiempo, y además disfrutarlo mientras se hace. Se habla mucho de crianza respetuosa, de apego seguro, de lo que "hay que" garantizarle a un hijo. Se habla mucho menos de lo que le pasa a la madre mientras intenta sostener todo eso.
No es un dato menor que gran parte del discurso actual sobre maternidad tenga forma de instrucción: qué hacer, qué evitar, qué error no cometer para no "dañar" a tu hijo. Es un discurso bien intencionado, y a la vez agotador, porque convierte una experiencia profundamente singular en una lista de requisitos que cumplir. Y cuando algo no sale como el manual promete, lo que aparece no es solo cansancio. Aparece culpa.
La culpa materna tiene una particularidad: rara vez guarda relación con lo que realmente se hizo o se dejó de hacer. Una madre puede sentir que falla incluso en los días en que, objetivamente, sostuvo todo. La culpa no funciona ahí como un termómetro justo de la realidad — funciona como el eco de una exigencia que muchas veces no nació con esta maternidad en particular, sino mucho antes, en la propia historia de esa mujer con el cuidado, con lo que se esperaba de ella, con la idea de lo que era "ser buena".
Por eso preguntar "qué estoy haciendo mal" suele llevar a callejones sin salida. Una pregunta distinta —aunque más incómoda— es qué idea de madre se está intentando cumplir, y de dónde viene esa idea. A veces es una imagen heredada de la propia madre, por identificación o por oposición. A veces es un ideal construido en redes sociales, donde la maternidad aparece editada, sin las horas de agotamiento que no se fotografían.
Hay algo más que rara vez se nombra: la ambivalencia. Es posible amar profundamente a un hijo y, al mismo tiempo, sentir en ciertos momentos deseos de que ese día termine, de recuperar un tiempo propio, de no tener que responder a nadie por un rato. Esa ambivalencia no es una falla del vínculo. Es parte constitutiva de cualquier vínculo humano intenso, y la maternidad, lejos de estar exenta, la intensifica. El problema no es sentir ambivalencia — es la vergüenza de sentirla, que suele empujar a esconderla incluso de una misma.
La crianza, además, reactiva algo de la propia historia infantil de quien cría. No es casual que ciertos momentos con un hijo —una rabieta, un silencio, una necesidad que no se sabe cómo calmar— generen una reacción desproporcionada en el adulto. Muchas veces esa desproporción tiene menos que ver con el hijo real que con una escena antigua, propia, que el hijo sin saberlo pone en escena.
Nada de esto se resuelve con más información sobre crianza. La mayoría de las madres que llegan a consulta ya leyeron bastante, ya saben lo que "deberían" hacer. Lo que no siempre tienen es un espacio donde preguntarse qué les pasa a ellas, no como madres que cumplen o fallan una función, sino como mujeres con una historia propia que la maternidad viene a remover.
Existe además el mito del instinto materno inmediato: la idea de que el amor y la conexión con el hijo deben aparecer de forma automática desde el primer momento. Cuando esto no ocurre así —y no ocurre así con más frecuencia de la que se reconoce públicamente—, muchas mujeres viven ese desfase en silencio, con miedo a decir en voz alta que el vínculo se fue construyendo de a poco, y no apareció completo desde el parto.
El puerperio, además, es un período de enorme vulnerabilidad psíquica que rara vez se atiende con la seriedad que merece. Cambios hormonales profundos, privación de sueño sostenida, un cuerpo que cambió y que hay que reconocer de nuevo, una identidad que se reorganiza de manera abrupta. No es casual que sea un momento de alto riesgo para la salud mental, y sin embargo el discurso social suele reducirlo a fotos de recién nacidos y felicitaciones, dejando poco espacio para hablar de lo que realmente se siente.
Vale la pena mencionar también la distribución desigual de la carga mental de la crianza, incluso en parejas donde ambos adultos trabajan y se consideran a sí mismos igualitarios. La organización invisible —recordar horarios, anticipar necesidades, sostener la logística cotidiana— suele recaer de manera desproporcionada en la madre, y ese desequilibrio, sostenido en el tiempo, también alimenta agotamiento y resentimiento que rara vez se nombran abiertamente dentro de la pareja.
Tampoco ayuda la comparación constante entre madres, alimentada hoy por las redes sociales: quién retomó antes su rutina, quién parece más serena, quién logra combinar mejor trabajo y crianza. Esa comparación rara vez refleja la realidad completa de otra mujer, y sin embargo funciona como una vara adicional con la que medirse, casi siempre de forma desfavorable.
La red de apoyo con la que cuenta —o no cuenta— cada madre también cambia radicalmente la experiencia de la crianza, y rara vez se nombra como el factor central que es. Sostener la crianza prácticamente sola, sin abuelas cerca, sin una pareja disponible, sin una red de otras madres con quienes compartir la carga, no es lo mismo que hacerlo acompañada, por más que el discurso de la autoexigencia insista en que toda madre debería poder con todo, sola, sin ayuda.
No hay una fórmula para maternar sin culpa, ni la voy a ofrecer. Pero sí me parece necesario abrir la pregunta en otra dirección: no qué debería estar haciendo distinto por mi hijo, sino qué idea de mí misma estoy tratando de sostener a través de esta maternidad. ¿De quién es, en realidad, la exigencia que cargas hoy?




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