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La angustia no es el enemigo: ¿qué señala eso que llamamos ansiedad o angustia?

  • Foto del escritor: Consuelo Carvacho
    Consuelo Carvacho
  • 6 ago
  • 4 min de lectura

Casi todos los días llega a mi consulta alguien que quiere que la ansiedad desaparezca. Es una demanda razonable: el cuerpo tenso, el pensamiento que no para, la sensación de que algo malo va a pasar sin saber bien qué. Pero antes de preguntar cómo hacerla desaparecer, vale la pena detenerse en una distinción que suele pasar desapercibida: no es lo mismo el miedo que la angustia o la ansiedad.

El miedo tiene un objeto. Le tememos a algo identificable — a una prueba o examen, a una enfermedad, a hablar frente a otros. Es incómodo, pero al menos sabemos contra qué reaccionamos. La angustia es distinta: aparece sin un objeto claro, "sin razón aparente", y eso la vuelve más difícil de tolerar, porque no hay contra qué luchar. Freud ya señalaba esta diferencia hace más de un siglo, y la clínica actual la sigue confirmando cada semana.

Solemos usar la palabra "ansiedad" para nombrar ambas cosas, y ese uso impreciso tiene una consecuencia: tratamos como si fuera un mal funcionamiento algo que, en muchos casos, funciona exactamente como debería funcionar — como una señal. Lacan decía que la angustia es de los pocos afectos que "no engaña": no miente sobre algo del deseo, del cuerpo o de lo que se nos exige que esté en juego.

Esto no significa que haya que quedarse simplemente sintiéndola, ni que las técnicas de regulación —respirar, hacer ejercicio, ordenar la rutina— no sirvan. Sirven, y mucho, para bajar la intensidad del síntoma en el cuerpo. El problema aparece cuando el alivio dura poco y la sensación vuelve, una y otra vez, con la misma insistencia. Ahí, tratar la ansiedad únicamente como un enemigo a eliminar suele no alcanzar.

Porque si algo insiste, probablemente no sea un error a corregir, sino un mensaje que todavía no ha sido escuchado del todo. La pregunta deja de ser "cómo hago que esto pare" y pasa a ser otra, más incómoda: "qué es lo que esto no me deja dejar de escuchar". No es una pregunta que se responda en una sesión, ni con una fórmula aplicable a cualquiera. Cada historia la responde distinto, porque lo que se activa detrás de la angustia —una pérdida no procesada, un deseo que no encuentra lugar, una exigencia que ya no se sabe de quién es— tiene siempre una trama particular.

Hay además una relación estrecha entre la angustia y la necesidad de controlarlo todo. Cuando algo se vuelve impredecible, el cuerpo reacciona como si el peligro fuera inminente, aunque no lo sea. Intentamos resolver esa sensación controlando más: revisando, anticipando, teniendo un plan para cada imprevisto. Alivia por un rato. Pero el control absoluto no existe, y perseguirlo suele generar más angustia, no menos.

También es común que la angustia empuje a la distracción: el scroll compulsivo, la lista de pendientes que crece sin necesidad real, el ruido de fondo constante. No es debilidad ni falta de disciplina — es una estrategia, bastante efectiva a corto plazo, para no quedarse a solas con un pensamiento incómodo. El problema no está en la distracción en sí, sino en lo que se evita sentir cuando se recurre a ella una y otra vez.

Tampoco es casual que mucha angustia que se presenta como "preocupación por el futuro" tenga, mirada de cerca, más que ver con algo del pasado que no terminó de procesarse. El futuro, en esos casos, funciona como una pantalla donde proyectamos algo que en realidad viene de más atrás. No siempre es así. Pero preguntárselo —esto que "me preocupa que pase", ¿ya pasó antes, de otra forma?— suele abrir algo que la técnica de turno no alcanza a tocar.

La angustia no es solo un fenómeno psíquico: tiene un correlato corporal muy concreto — taquicardia, opresión en el pecho, dificultad para respirar, insomnio. Por eso muchas personas llegan primero a una consulta médica antes que a una consulta psicológica, buscando una explicación física a algo que también tiene un componente físico real, aunque su origen no sea solamente orgánico. Esto no es imaginación ni exageración: el cuerpo responde genuinamente a algo que el pensamiento todavía no logra nombrar.

Hay una diferencia importante entre la angustia que acompaña momentos de cambio o decisión —esperable, incluso necesaria, señal de que algo importante está en juego— y aquella que se vuelve tan intensa o tan constante que empieza a ocupar el lugar central de la vida cotidiana, dificultando dormir, trabajar o sostener vínculos. Ahí, buscar acompañamiento profesional deja de ser una opción más y se vuelve necesario, no como un fracaso personal, sino como parte del cuidado que cualquier proceso intenso merece.

Muchas personas llegan a consulta habiendo probado ya varias estrategias de manejo de la ansiedad — aplicaciones, rutinas de respiración, ejercicio físico. Ninguna de ellas está de más, y en general ayudan a sostener el día a día. Pero cuando se usan como el único recurso, sin espacio para pensar qué hay detrás, terminan funcionando como un parche que hay que renovar constantemente, porque lo que produce la angustia sigue ahí, intacto.

Vale la pena decir, además, que no toda angustia requiere terapia para resolverse; muchas veces alcanza con un espacio de conversación honesta, con uno mismo o con alguien de confianza, para que la señal empiece a ser escuchada. La consulta profesional cobra sentido cuando ese espacio no alcanza, o cuando lo que aparece resulta demasiado difícil de sostener en soledad.

No tengo una fórmula para que la angustia desaparezca, y desconfío de quien la ofrece. Lo que sí puedo decir, después de años de escuchar esta misma escena una y otra vez, es que preguntarse qué señala suele ser un movimiento más honesto que preguntarse solo cómo apagarla. ¿Qué te está queriendo decir esto que sientes y todavía no has terminado de escuchar?



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Consuelo Carvacho Köstner · Psicóloga Clínica, U. Diego Portales (título homologado en España) · Orientación psicoanalítica lacaniana · SIS N° 193876
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